Mari, la dama de Amboto

Había una vez hace mucho mucho tiempo un ser mitológico que se llamaba Mari, que no era otra que la diosa con más poder de la mitología vasca.

Mari, personificación de la madre tierra, es reina de la naturaleza y de todos los elementos que la componen. Generalmente se presenta con cuerpo y rostro de mujer, elegantemente vestida (normalmente de verde), pudiendo aparecer también en forma híbrida de árbol y de mujer con patas de cabra y garras de ave rapaz, o como una mujer de fuego, un arco iris inflamado o un caballo que arrastra las nubes. En su forma de mujer aparece con abundante cabellera rubia que peina, al sol, con un peine de oro. (vía Wikipedia)

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Mari tiene varias moradas ubicadas en cuevas y cambia de residencia cada siete años, pero la más conocida es la que tiene en el monte Amboto. Cuentan las leyendas que dependiendo del monte en el que se encuentre, la climatología será diferente; por eso, se dice que cuando Mari está en el Amboto llueve, cuando está en Aloña hay sequía y cuando está en la cueva de Supelegor las cosechas son abundantes.

Una de nuestras leyendas favoritas alrededor de Mari es la de “La lamia enamorada“, la cual no nos cansamos de escuchar.

Antxon, un joven pastor de Orozko estaba en el monte con sus ovejas cuando oyó un precioso canto. Sobre una roca en medio del río estaba sentada la joven más hermosa que jamás había visto. Tenía el cabello largo y rubio, tan largo que le llegaba a los pies y que se peinaba con un peine de oro mientras cantaba una extraña melodía. Al ver al pastor, dejó de cantar y se zambulló en el río. Finalmente, abriendo sus grandes ojos transparentes la joven preguntó que quién era. Pero Antxon permanecía inmóvil.

-¿Quién eres?- insistió la joven.

Antxon, Soy Antxon – acertó a responder al fin-.

– ¿Y tú? – le preguntó Antxon.

Ella se echó a reír y no respondió, metiéndose de nuevo al río. Al ver que no salía, Antxon regresó al pueblo confuso. Días después y sin poder dejar de pensar en ella, cogió de nuevo el camino hacia el monte. En cuanto escuchó otra vez el canto, se sintió feliz. La hermosa joven peinaba sus cabellos rubios y al verle, dejó de cantar y le sonrió:

– Buenos días, Antxon- dijo- Te estaba esperando.

– ¿A mí? – preguntó estupefacto.

– Si, a ti. Acércate, acércate.

Antxon se aproximó y se sentó junto a ella. Varias horas después de estar sin hablar, la joven le preguntó:

– ¿Te casarás conmigo?

-respondió Antxon.

Ya de vuelta en casa, Antxon le dijo a su madre que se iba a casar. Ésta, extrañada, le preguntó quién era su novia, pero su hijo solamente le respondía una y otra vez que era la joven más hermosa que había visto jamás.

La madre llegó a la conclusión de que su hijo estaba hechizado. Habló con sus vecinos y el hombre más viejo de Orozko, le dijo que sería una lamia y que hiciera prometer a su hijo que se fijaría en sus pies: si los tenía de pato, no había duda.

De nuevo en el monte, Antxon volvió al lugar de siempre y vio a su enamorada bañándose y jugando con los peces del río: efectivamente, tenía los pies de pato, descubrimiento que le rompió el corazón. Los días siguientes, enfermó mientras escuchaba en ensoñaciones la voz de su amada llamándole: ”Zatoz, maitea, zatoz”(“Ven, querido, ven”). Pero nunca pudo volver porque murió de pena.

El día del entierro la lamia acudió a la casa de Antxon, se acercó al lecho, lo cubrió con una sábana de oro y besó sus fríos labios. Siguió al cortejo fúnebre hasta la puerta de la iglesia, pero, como todo el mundo sabe, las lamias no pueden entrar en las iglesias, por lo que regresó al monte llorando por su amor perdido. Tanto y tanto lloró que en el lugar donde cayeron sus lágrimas, brotó un manantial que recuerda para siempre el amor imposible entre la lamia y el pastor.”

En nuestra #ExperienciaUrkiola os contaremos esta y otras historias. ¿Os atrevéis a vivirlas?

Un comentario:

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